lunes, 24 de abril de 2017

FRANCIA: PRESIDENCIALES, LEGISLATIVAS Y COHABITACIONES

No ha terminado todavía el recuento de los votos en Francia, pero el pescado ya parece estar todo vendido. Habrá una segunda vuelta entre Macron y Le Pen. Ese era el escenario que llevaban semanas anunciando los sondeos de opinión, y el que al final enfrentarán nuestros vecinos del norte el próximo 7 de mayo. Macron, con casi toda probabilidad, barrerá a Le Pen en segunda vuelta, de tal suerte que el petimetre del sistema devendría nada más y nada menos que en Presidente de la República. El octavo desde la creación por Charles De Gaulle del actual régimen político francés en 1958.

Le Pen puede estar satisfecha con sus resultados. Mas, a la espera de lo que suceda en la segunda vuelta, tiene más motivos para la moderación que para la euforia o el triunfalismo. Ha obtenido la mayor votación popular en términos absolutos cosechada por el Frente Nacional en toda su historia. Y el mejor resultado de su formación en unas presidenciales. Pero es Macron quien ha ganado la primera vuelta de las elecciones. De manera además clara, ya que Le Pen ha estado más cerca de que Fillon o Mélenchon la relegasen a la tercera o cuarta posición y la apeasen fuera de la segunda vuelta que de ganarle la primera vuelta a Macron. Así las cosas, y a no ser que el Frente Nacional consiga alzarse con la victoria en la primera vuelta de las elecciones legislativas del mes de junio, no tendrá razones para proclamarse el "primer partido de Francia", como ha venido haciendo en los últimos años. No ha fracasado como si lo hizo Wilders en Holanda, pero tampoco ha cosechado todo el éxito que habría podido esperar obtener en estos comicios.

Por otra parte, tenemos que el Frente Nacional, a lo largo de los últimos años, ha sobrepasado varias veces en porcentaje los sufragios obtenidos en esta primera vuelta presidencial. Obtuvo el 27% pasado de los votos en las últimas regionales. Es verdad que cada elección es diferente y que no se pueden extraer conclusiones precipitadas de este dato, pero tampoco se debe obviar. Podría indicar cierto estancamiento del partido. Y genera la duda legítima acerca de qué marca es más popular: si la de Marine Le Pen o la del Frente Nacional. Con todo, esto no debería poner en peligro al medio plazo el papel protagonista de la hija de Jean-Marie Le Pen, pues es incuestionable que ha sido bajo su liderazgo que el partido ha llegado hasta donde ha llegado. Es decir, mucho más lejos de lo que jamás soñara su padre.

François Fillon, que al comienzo del año era Presidente in pectore, es ahora un presunto cadaver político. El partido gaullista, Los Republicanos, que esperaba hacerse con todo el poder, ha perdido una oportunidad de oro que nadie sabe, en los tumultuosos tiempos que parecen estar por venir, si se volverá a presentar. Por vez primera no habrá un candidato gaullista en la segunda vuelta de unas presidenciales. No mejor le ha ido al Partido Socialista Francés, cuyo candidato Hamon ha obtenido un ridículo 6% del voto. El verso libre Macron, ex Ministro de Economía de Hollande, se convertirá en Presidente de la República, y si los socialistas quieren continuar siendo una alternativa de poder, pueden verse obligados a tragarse la ira que puedan sentir contra su antiguo correligionario para aliarse políticamente con él. Ahora bien, dado que Macron ha jugado con su condición de verso libre para ascender políticamente en este año de infarto, está por ver que considere rentable hacer las paces con sus antiguos compañeros de viaje. El aún Presidente Hollande y el Primer Ministro Cazeneuve le han dado su apoyo para la segunda vuelta, pero puede ser que tras las presidenciales los socialistas opten por hacerle la puñeta.

Razones para ello podrían tener. Son quizá los socialistas el partido que enfrenta el mayor dilema de todos. Le ha sucedido lo peor que puede sucederle a un partido, que no es caer derrotado, sino quedar en ridículo. Peor aún, no hace aguas por un flanco, sino por todos. Deberán debatir seriamente su futuro y clarificar qué es lo que quieren ser. Pero, tanto si actúan y adoptan una posición como si no, corren el riesgo de quedar desdibujados como partido y de quedar imposibilitados para competir electoralmente por el poder que hasta ahora se disputaban en exclusiva con los gaullistas. Peor aún, corren riesgo de absorción a manos de terceras formaciones políticas. Tanto por el lado del flamante Presidente Macron (que podria arrastrar en pleno al socialismo más descafeinado y partidario de la mundialización y de la globalización de la economía) como por el lado de las más rancias esencias marxistas y populacheras que representaban quienes apoyaron a Hamon frente a Valls en las primarias.

Argumento de peso en el debate que los socialistas mantendrán, si son sensatos, para determinar sus posiciones de cara al futuro es el enorme ascenso experimentado por el neocomunismo francés, cuyo candidato, Jean-Luc Mélenchon, ha obtenido un imperial 19'5% de los votos, quedando en un respetabilísimo cuarto lugar (su porcentaje de votos le habría permitido acceder a la segunda vuelta en 2002 y quedar tercero en la mayoría de las demás presidenciales francesas celebradas desde 1965 en adelante), y a muy poca distancia de Fillon. Ha sido el candidato que más ha mejorado sus resultados de lejos de entre los que contendieron por la Presidencia ya en 2012. Tal ha sido su crecimiento, que probablemente su irresistible ascenso haya sido una de las razones por las que el resultado final de la también antisistema Marine Le Pen (cuyo partido lleva décadas arrebatando sistemáticamente votos al entorno comunista que ahora se ha visto revitalizado gracias a Mélenchon) ha sido algo más corto de lo esperado.

Empero, la excelente performance de Mélenchon es también una de las razones por las que Marine Le Pen, pese a no haber obtenido el resultado de sus sueños, puede estar bastante satisfecha. Ha pasado a segunda vuelta y ha obtenido el mejor resultado de la historia del Frente Nacional en las elecciones presidenciales pese a la irrupción extremadamente fuerte de un competidor que comparte con ella el importantísimo caladero electoral del voto obrero más perjudicado por la mundialización agresiva. Peor aún, en realidad ha tenido que hacer frente al surgimiento de... ¡dos competidores! Pues por el flanco más conservador ha tenido que hacer frente a la fuerte competencia de la muy estimable candidatura de Nicolas Dupont-Aignan, gaullista desacomplejado y "soberanista" que ha superado las expectativas y rebañado casi el 5% de los votos. Y, sin duda alguna, el hecho mismo de que Fillon haya aguantado el tipo y alcanzado el 20% de los sufragios es señal de que algunos electores indecisos entre el gaullista y la identitaria se hayan inclinado en última instancia hacia el primero.

Volviendo a Mélenchon, soy de la idea de que aunque éste no haya logrado cumplir su sueño de pasar a la segunda vuelta en compañía de Le Pen (permitiendo a la V República y a la UE respirar aliviadas, al menos por el momento), su incuestionable éxito puede hacer saltar en mil pedazos al Partido Socialista, animando a los que opinan que es con el Frente de Izquierda con quien debe aliarse un socialismo que debe retornar a sus orígenes más nítidamente obreristas, y llevándolos a la ruptura con quienes preconicen el entendimiento con el más que probable Presidente Macron. Que no hemos de olvidar que es considerado un traidor y un arribista ideológicamente vendido al mejor postor por gran parte de las bases socialistas, que prefirieron en primarias a Hamon antes que al catalán y hasta hace nada Primer Ministro Manuel Valls en la medida en que consideraban que Hamon se diferenciaba más claramente de Macron que su competidor (el cual, en un alarde de fidelidad hacia los procesos democráticos celebrados por su propio partido, acabó apoyando al que será próximo Presidente con la fácil excusa del miedo a la "ultraderecha", aunque según parece más bien movido por una mezcla entre revanchismo y oportunista deseo de llevarse bien con quien ya entonces se perfilaba vencedor de la contienda).

La V República enfrenta la que sin duda es su mayor crisis hasta el momento. Macron deberá ahora demostrar de qué pasta está hecho, y si es capaz de controlar los acontecimientos en lugar de dejarse controlar por ellos. Si no consigue imponer su autoridad sobre el Gobierno desde el principio, probablemente no consiga imponerla nunca y, pese a la incuestionable importancia de su cargo, sea incapaz de dictar los términos de la vida política de Francia. Su primer desafío es inmediato, porque en junio Francia celebrará la tercera vuelta de las elecciones presidenciales, que más que nunca es lo que serán las elecciones legislativas que en ese mes renovarán la composición de la Asamblea Nacional. En este momento es imposible saber qué sucederá cuando se celebren las legislativas. Partiendo de la base de que Macron es un vencedor accidental de las elecciones que debe casi exclusivamente su victoria a los escándalos de nepotismo que han salpicado a Fillon y ensombrecido su campaña (mucho más que a su propia capacidad para seducir a los votantes), y que carece de un verdadero partido detrás de él, parece imposible que consiga ensamblarlo a tiempo de obtener una mayoría parlamentaria afín que le permita designar a un Primer Ministro enteramente de su cuerda que se le someta en todo (que es lo que habitualmente desean los Presidentes de la República Francesa para ellos mismos).

Ahora bien, de su más o menos hábil proceder dependerá forjar alianzas que le permitan tener un Primer Ministro con quien, pese a su autonomía, poder colaborar de una manera más o menos fructífera y con quien, en definitiva, poder cogobernar Francia. La única alternativa a la descrita sería la de tener que lidiar con una cohabitación en virtud de la cual un Primer Ministro hostil lo desplace casi completamente del ejercicio práctico del poder y se convierta, a despecho del flamante Presidente de la República, en el verdadero gobernante de Francia (que, a despecho de las protestas presidenciales, es lo que ha sucedido siempre en casos de cohabitación, pese a los importantes poderes del Jefe de Estado). Esa para Macron sería una situación de pesadilla que lo condenaría a ver cómo su quinquenio transcurre sin más horizonte que el de las periódicas comparecencias televisivas con motivo de las cuales el Presidente transmita en nombre del país sus condolencias a las nuevas víctimas que desgraciadamente es previsible que seguirá produciendo de tanto en tanto el Estado Islámico y demás individuos u organizaciones inspirados por la criminal doctrina de la religión de Mahoma. Así pues, el juego de Macron se antoja complicado, porque, al no poder comer, tampoco puede dejar comer. Su situación es como la del famoso perro del hortelano. Al no poder forjar una mayoría propia, necesita que tampoco otros actores políticos puedan forjarla.

El hecho mismo de estrenar Presidencia es un factor que puede ayudarle a maniobrar para no verse completamente apartado del poder. A diferencia de los anteriores Presidentes, que hicieron frente a cohabitaciones tras haber ejercido durante varios años el poder y haber sido tácitamente víctimas del rechazo popular manifestado en el apoyo a sus principales rivales con motivo de las legislativas, Macron no podrá haber tenido tiempo de suscitar tal rechazo. Y quizá el electorado vería con malos ojos que se lo convirtiera en un pato cojo de buenas a primeras, marginándolo de la toma de decisiones importantes sin ni siquiera darle la oportunidad de mostrar lo que es capaz de hacer. Cosa que podría animar tanto a socialistas moderados como a gaullistas a darle una oportunidad y brindarle cierto apoyo parlamentario, máxime a tenor de su capacidad para disolver la Asamblea Nacional anticipadamente (cosa que seguramente haga a lo largo de su quinquenio a poco que se publicaran sondeos que apuntaran a la posibilidad de que ampliara su base parlamentaria y se socavara la de sus rivales).

Como ya se ha dicho, este escenario sería tanto más posible en el caso de que las legislativas no arrojaran una clara mayoría para ningún partido. Escenario que la victoria de Macron y el ascenso tanto del Frente Nacional de Le Pen como del Frente de Izquierdas de Mélenchon facilita sobremanera (hasta el punto de que no sería del todo descabellado que al final el propio Presidente Macron intentara favorecer de una manera o de otra la obtención de buenos resultados por parte del Frente Nacional y del Frente de Izquierdas en las legislativas que impidan una mayoría gaullista alternativa). Empero, una coalición del sistema amparada en la necesidad de apoyar a Macron contra los "extremismos" resultaría tendencialmente inestable, dado que implicaría un entendimiento entre unos socialistas y gaullistas que, en tradición más semeja a la española que a la alemana, jamás han gobernado juntos en una gran coalición. Dicha gran coalición que podría generar divisiones en ambos campos, ya que igual que hay socialistas que prefieren a Mélenchon hay gaullistas que prefieren a Le Pen. Sin contar con que facilitaría tanto a Le Pen como a Mélenchon articular un discurso de oposición.

Por otra parte, Fillon ha sido derrotado y su liderazgo político parece amortizado. Pero Los Republicanos no tienen por qué compartir la suerte de su líder. Si por un casual consiguen la mayoría absoluta en las elecciones legislativas (regidas por un sistema mayoritario que hace perfectamente posible contemplar esa eventualidad a causa de las grandes diferencias en escaños que pueden producir pequeñas diferencias en votos sobre lo previsto), estarían en disposición de ejercer una enorme influencia sobre los acontecimientos. Podrían colaborar con Macron, pero en calidad de socio fuerte que al final es el que se sale con la suya e impone los términos. O podrían directamente negarle el pan y la sal y disponerse a obligarle a nombrar un Primer Ministro afín que se convirtiera en verdadero gobernante de una en extremo inestable V República. Argumentos para hacerlo existirían: recordemos que Macron pasa por ser un Presidente accidental que se ha conseguido abrir camino gracias a la debacle de Fillon, y que es fácil para quien crea eso considerar que no ha recibido un verdadero mandato para gobernar Francia a lo largo del próximo quinquenio.

De hecho, si por un casual Fillon saliese airoso de sus problemas con la Justicia, bien podría promocionarse como el Presidente más que probable al que solo la perfidia y la traición de que Macron habría sido beneficiario impidieron aposentarse en el Eliseo, y podría resarcirse gobernando Francia desde Matignon en calidad de Primer Ministro completamente independiente del Presidente de la República (a diferencia de lo sucedido cuando ocupó el cargo en calidad de primer espada de Sarkozy). No descartaría que el propio Sarkozy (cuyos "abandonos" de la política no me aventuraría jamás a dar por definitivos) pudiera entrometerse y considerar la alternativa de convertirse en Primer Ministro, especialmente si la alternativa es morirse de aburrimiento sin más alternativa que la de pasar los días en compañia de Carla Bruni. Y lo mismo Alain Juppé (aunque de Juppé cabría esperar más protagonismo en caso de que Los Republicanos optasen por colaborar con Macron). O podría cederse el paso a una nueva figura (¿Copé? ¿Baroin? ¿Bertrand? ¿Rachida Dati?), aunque existiendo el riesgo de quemarla apresuradamente al exaltarla directamente al que, en este escenario, sería el cargo provisto del máximo poder político de la República, y por ende, el más impopular. Al menos en potencia.

En cuanto a Le Pen, el mero hecho de pasar a la segunda vuelta abre ante ella la oportunidad de compensar el desempeño solo moderadamente bueno que ha tenido en la primera vuelta con una actuación deslumbrante en la segunda. ¿Qué cabría considerar deslumbrante de cara a una segunda vuelta en la que la derrota está casi completamente garantizada de antemano? Es difícil asegurarlo. Yo, más que aferrarme a un porcentaje concreto del voto, diría que podría considerarse una actuación deslumbrante todo lo que implique obtener un resultado sensiblemente mejor que el esperado (todo ello en un contexto de participación de los electores en los comicios que permita atribuir dicho resultado a los méritos de la candidata y no al desencanto de los electores con Macron). Un 35% puede ser un gran desempeño si llegado el 7 de mayo los sondeos otorgan a Le Pen el 30%; pero un 40% podría saber a poco si el día de la verdad los sondeos la muestran frisando el 45%.

Sea como fuere, si Le Pen se desempeña particularmente bien en la segunda vuelta, todo lo dicho en este artículo acerca de su actuación (que, a mi modo de ver, ha sido solo moderadamente buena) quedaría en juicio de valor meramente anecdótico y carente de toda trascendencia. Tiene la oportunidad de convertir su aprobado alto o notable bajo en un incuestionable sobresaliente. Si consigue obrar tal proeza, su partido encararía las elecciones legislativas con unas perspectivas sensiblemente mejores, y con la esperanza de consagrarse, por número de votos en la primera vuelta de las legislativas, como el indiscutible "primer partido de Francia"; e incluso de conseguir algo más práctico, como lo sería conquistar una posición de alguna importancia en la Asamblea Nacional (posibilidad que existe, especialmente en la medida en que sus votos y escaños impidieran a cualquier otra formación hacerse con la mayoría en la cámara).

El camino de Mélenchon es algo más complicado. Su posición le permite plantearse tanto ejercer un papel destructivo como uno constructivo. Y puede hacer semejante cosa porque tiene la capacidad de hacer algo que Le Pen no puede hacer en absoluto: pactar con otros actores de la escena política. Le Pen solo puede ser destructiva, mientras que las posibilidades de Mélenchon son notablemente más amplias. Para ejercer un papel destructivo no tiene que hacer absolutamente nada, salvo seguir ahí en la brecha y prepararse para, junto con el Frente Nacional, concentrar los suficientes votos y escaños como para intentar impedir que los demás contendientes se hagan con una mayoría en la Asamblea Nacional. Desempeñar un papel constructivo exigiría más esfuerzo e inventiva, dado que tendría que intentar ensamblar una coalición jacobina con los socialistas, ecologistas y demás partidos radicales tradicionalmente aliados del Partido Socialista.

Sin embargo, es dudoso que ni siquiera los socialistas más proclives al entendimiento con Mélenchon estuvieran por la labor de aceptar que éste liderara la citada coalición, dado que el peso histórico de las siglas del Partido Socialista Francés es demasiado grande. Todo ello pese a que, después de su extraordinario resultado presidencial, Mélenchon tiene, por pura lógica electoral, todo el derecho a aspirar a liderar una coalición semejante. Si por un casual lo consiguiera, podrían tomar cuerpo posibilidades imagino que insospechadas para el candidato jacobino. Tengamos en cuenta que, si el socialista Hamon, y los marxistas Poutou y Arthaud se hubieran retirado de la campaña cuando aun estaban a tiempo y hubieran pedido el voto para Mélenchon, éste es casi seguro que habría pasado hoy a segunda vuelta ganando claramente la primera. Cierto que para, probablemente, perder la segunda vuelta frente a Macron. Pero, si la que hubiera pasado junto a él hubiera sido Le Pen, muy probablemente estaríamos a las puertas de su elección el próximo 7 de mayo como Presidente de la República.

Eso significa que, de cara a las legislativas, una coalición de signo inequívocamente jacobino podría aspirar a plantarle cara a todos los demás contendientes, e incluso a obtener la victoria electoral (siempre bajo la suposición de que Macron y los socialistas moderados, de un lado, y Los Republicanos, del otro, concurrieran a los comicios por separado). En la segunda vuelta de las legislativas, lo más probable es que las fuerzas comprometidas con el sistema hicieran piña contra Mélenchon. Pero, ¿y el Frente Nacional? Retirarse para cerrarle el paso a Mélenchon no casaría demasiado bien con su mensaje de que la política en Francia se reduce al Frente Nacional contra todos los demás; y le dificultaría avanzar en su proyecto de acaparar el voto obrero francés. Su ala nacional-bolchevique a buen seguro que preferiría pactar con Mélenchon antes que con el Presidente Macron. Por otra parte, la existencia de un ala nacional-bolchevique en el Frente Nacional que Marine Le Pen ha favorecido no debería llevarla a olvidar que si a lo largo de los últimos años el Frente Nacional ha crecido como lo ha hecho es, en parte, por haber sabido mantener un equilibrio entre sus diversas alas.

El Frente Nacional de su padre, Jean-Marie Le Pen, que ya en 2002 alcanzó la segunda vuelta de las presidenciales frente a Jacques Chirac era sensiblemente menos estatista en lo económico y sensiblemente más conservador en lo social, gozando de amplio apoyo en los sectores más tradicionalistas del catolicismo francés. Esos apoyos no se han perdido. En el Frente Nacional hay liberales y bolcheviques, católicos y ateos, conservadores "carrozas" y simpatizantes de la ideología de género. Es una formación para nada monolítica, en la que se dan unos equilibrios sumamente complejos que quizá constituyan la mayor amenaza a la pervivencia del partido en el futuro. Coexisten sectores que seguramente serían más partidarios de pactar con Los Republicanos, otros que preferirían a Mélenchon, y otros que cabe creer que no se aliarían ni implícita ni explícitamente con nadie en absoluto. Y la única forma de contentar a todos es seguir como hasta ahora e ir completamente por libre. Cosa que permite sobrevivir y hasta crecer y prosperar al Frente Nacional, pero que a la vez es la clave que explica por qué es tan extremadamente difícil que conquiste el poder.

A Mélenchon, sea como fuere, podría bastarle con que el Frente Nacional no tome partido. Si ese fuera el caso, y dado el peculiar sistema electoral francés basado en unas estúpidas elecciones triangulares (que permiten tomar parte en la segunda vuelta a todos los candidatos que obtengan más de un 12'5% de los votos, celebrándose una segunda ronda que no garantiza que el ganador obtenga mayoría absoluta), podríamos encontrarnos con que la coalición jacobina de Mélenchon pegara con fuerza en las elecciones. De hecho, podría incluso ganarlas. Quizá por mayoría. Todo dependería de la capacidad de Mélenchon para mantener vivo el entusiasmo de quienes ahora han apostado por el aspirante neocomunista. En definitiva, que lo que planteo es que, si Mélenchon jugara correctamente sus cartas de aquí a las legislativas, podría perfectamente aspirar a convertirse nada más y nada menos que en el Primer Ministro y gobernante efectivo de Francia. Algo a lo que Marine Le Pen en estos momentos no aspira ni en sueños.

¿Se imaginan ustedes al "Chávez francés" convertido en Jefe de Gobierno de la República Francesa? Puede parecerles una locura, pero a mi me parece harto más factible que una victoria de Marine Le Pen el próximo 7 de mayo en la segunda vuelta de las presidenciales. De una cosa si estoy muy seguro: Macron se arrepentiría más temprano que tarde de haber sido elegido Presidente; y Matignon (sede del Primer Ministro) se conduciría respecto al Eliseo (sede de la Presidencia) de modo amenazadoramente parecido a como la Comuna de Danton y Robespierre se conducía respecto a la Convención Nacional. En cristiano: que Mélenchon haría lo que le diera la real gana. No creo que se anduviera preguntando "¿Qué haría De Gaulle en mi lugar?"; ni que le preocupase para nada que su forma de gobernar pudiese estar poco a tono con el espíritu de la V República.

En realidad, ya en una de mis últimas entregas especulé con la posibilidad de que Francia quedara abocada tras las presidenciales a una "IV Cohabitación" entre un Presidente de la República y un Primer Ministro de diferente signo político (ver en http://lascronicassertorianas.blogspot.com.es/2017/02/francia-hacia-una-cuarta-cohabitacion.html). Entonces no vi venir la marea roja de Mélenchon, y especulaba con que si se sumaba un cuarto contendiente a la carrera presidencial ese fuera Hamon. Y no imaginaba más posible cohabitación que la de Macron con una mayoría parlamentaria y un Primer Ministro gaullista. Si entonces las perspectivas de futuro de Francia me parecían interesantes, ahora no quepo en mi de la expectación ante lo endiabladamente intrincado del escenario político que se abre ante como abismo de Moria ante los galos.

¿En peligro la V República? ¡En peligro absolutamente todo! El escenario político francés encierra peligros para la UE, la OTAN y el equilibrio global potencialmente mayores que los que encierran el Brexit o la Presidencia de Donald Trump (quien tácitamente apoyó para esta primera vuelta a Le Pen, del mismo modo en que Obama apoyó a Macron que más que Presidente de la República parece que aspira a ser Delegado del Gobierno de los demócratas yankis en Francia-). Incluso si el sistema sale al corto plazo airoso de este lance, no por ello quedará conjurada una amenaza que es de muerte (y que se relaciona directamente con un factor al que apenas hemos hecho referencia y es quizá el más importante de todos: la presencia creciente del Islam en Francia y la escalada del terrorismo yihadista y del sectarismo religioso que conlleva). Pues bien pudiera ser que una colaboración más o menos estable entre niños buenos tales como Macron, Copé, Juppé, Bayrou o Manuel Valls solo sirviera para alimentar más todavía los extremos y fortalecer a Le Pen y a Mélenchon (cuyos partidos no cabe descartar completamente que actúen concertadamente, dentro de ciertos límites, para llevar al límite de resistencia a las instituciones de la V República).

Al final, solo es posible sacar en claro lo siguiente del escenario político que abren las elecciones de hoy en Francia: Charles De Gaulle se revuelve intranquilo en su tumba. Su experimento, a mi modo de ver un tanto chapucero y defectuoso, hace aguas por todas partes. Lo único que falta para que la V República que construyó sobre la base de la execrable traición a sus compatriotas pied-noirs de Argelia estalle en mil pedazos es, no que el Emperador se pasee desnudo a la vista de todos, sino que alguien se atreva a afirmar lo evidente delante del pueblo. ¡Candidatos a ello no parece que vayan a faltar! IHS

jueves, 16 de marzo de 2017

GEERT WILDERS vs PIM FORTUYN. COMENTARIO A LAS ELECCIONES EN LOS PAÍSES BAJOS

Hace casi quince años, el 6 de mayo de 2002, Holanda estaba a apenas nueve días de celebrar sus elecciones generales. Desde menos de un año antes, su panorama político había sido revolucionado por el surgimiento de un líder político peculiar, carismático y de ideas controvertidas. Su oratoria incendiaria y su verbo sin complejos sacudieron como quizá no se haya hecho nunca la política bátava, y le valieron un continuado e irrefrenable ascenso en las encuestas de intención de voto, hasta alcanzar la segunda plaza. El elemento principal de su discurso era la oposición a una política de inmigración desenfrenada que favorecía el constante incremento de la población de origen musulmán en los Países Bajos, el deseo de recuperar el control de las propias fronteras y economía de manos de una UE cuyas competencias se acrecentaban de una manera cada vez más desmedida, y el convencimiento de que el modelo multiculturalista desalentaba la integración de los inmigrantes, poniendo en tela de juicio principios tan sacrosantos como el de igualdad ante la ley; siendo por ello fuente de graves perjuicios para Holanda. Asimismo, era simpatizante hacia el catolicismo en la Holanda tradicionalmente dominada por los calvinistas (situación relativamente sorprendente dada su abierta condición homosexual). Se llamaba Pim Fortuyn, y es concebible que hubiera podido llegar muy lejos. Tan arriba como a la jefatura del Gobierno de su país.

Sin embargo, el 6 de mayo de 2002, un fanático ecologista le descerrajó varios tiros, cometiendo el que fue el primer asesinato político relevante perpetrado en Holanda desde el siglo XVII (concretamente, desde el linchamiento de los hermanos Johan y Cornelius De Witt en 1672); al menos si se exceptúan los crímenes de la II Guerra Mundial. De este modo tan sórdido consiguió truncar muy anticipadamente la que quizá sea la carrera política más fulgurante y prometedora que haya conocido Holanda en toda su Historia. Pim Fortuyn no llegó a ser Primer Ministro. Y su partido, la Lista Pim Fortuyn (LPF), si bien cumplió y hasta mejoró levemente las expectativas electorales en los comicios celebrados inmediatamente después, irrumpió en la política nacional descabezada, y sin rumbo. Decidió aceptar la oferta de entrar en el Gobierno, y esto fue un error, ya que al hacerlo permitió que los partidos del sistema le hicieran el abrazo del oso. Si Pim Fortuyn hubiera vivido, quizá entrar en el Gobierno hubiese sido incluso un acierto, pero en ausencia suya no hubo figuras de relieve en el ejecutivo, donde sus correligionarios hicieron de figurantes, ejerciendo sus cargos sin pena ni gloria. Sea como fuere, lo que interesa es que la LPF no fue capaz de reponerse del golpe. Era un partido recién formado y, por tanto, no era nada sin el líder que lo formó. No estaba lo suficientemente consolidado como para sobrevivir largo tiempo sin el amparo de la arrolladora personalidad de su fundador, y pronto se disolvió como un azucarillo. Le pasó lo mismo que habría pasado con PODEMOS en España si antes de las europeas hubieran asesinado a Pablo Iglesias.

Hoy es 16 de marzo de 2017. Ayer Holanda celebró otra vez elecciones generales. Las quintas desde que asesinaran a ese mismo Pim Fortuyn que, de haber seguido vivo, quizá hoy gobernaría Holanda. Cinco oportunidades ha tenido Holanda de restablecer el equilibrio del universo político neerlandés que tan brutalmente alteró aquella terrible atrocidad. Cinco veces una enorme mayoría del pueblo holandés ha decidido desaprovecharlas. A partir de 2006, Geert Wilders se hizo cargo de la herencia de Pim Fortuyn, y el nuevo Partido por la Libertad (PVV) reemplazó a la efímera LPF. En determinados momentos, ha llegado a parecer insuflarle vida de nuevo hasta alcanzar e incluso superar la fuerza que éste llegó a tener en la política holandesa. Empero, siempre se ha quedado corto. Y si parecía que este año iba a ser diferente, al final no lo ha sido en absoluto. Ha mordido un polvo peor que el de la derrota. El de la mediocridad. Sigue prácticamente en el mismo sitio en el que se encontraba. Pese a los sondeos que han llegado darle hasta 42 curules en un Parlamento de 150 (que no es poco teniendo en cuenta que el sistema electoral holandés es ultraproporcional), al final se ha quedado en 20. Apenas cinco más que los 15 obtenidos en 2012. Menos que los 24 obtenidos en 2010. Y menos todavía que los 26 que la LPF obtuvo en aquellas elecciones de pesadilla de 2002.

Con todas las circunstancias a favor, Geert Wilders ha obtenido un resultado que no supera al obtenido póstumamente por Pim Fortuyn. Peor aún, su resultado no supera ni siquiera al que él mismo obtuvo en 2010, y si bien supone un incremento respecto de los comicios inmediatamente antecedentes, queda deslucido a la vista de los incrementos experimentados por otros partidos, todos absolutamente comprometidos con perpetuar el actual sistema, si acaso corregido y empeorado (caso que temo será el de quienes sin duda son los grandes vencedores de la jornada de hoy: los ecologistas de GröenLinks). Todo esto después de que durante meses los sondeos afirmaran que por fin Wilders ganaría las elecciones, y que se afirmaría de largo como el Trump de Holanda, rompiendo la baraja política del país, y abocando a los demás partidos a ententes antinaturales por medio de las cuales impedirle gobernar. Con la consiguiente zozobra del sistema vigente, que parecía enfrentarse a su mayor crisis; la cual al final no ha tenido lugar en absoluto. Desgraciadamente, Holanda no ha querido seguir los buenos ejemplos con los que el Reino Unido y los EEUU han asombrado al resto del mundo, y conseguido que los defensores del actual estado de cosas en todas partes de Occidente se muerdan los nudillos hasta hacerse sangre.

¿Significa esto que todo está perdido? No necesariamente. El actual Primer Ministro, Mark Rutte, ha sido astuto, y en los últimos días de campaña ha promovido un conflicto probablemente falso y artificial con Turquía solo para demostrar que él también puede ponerse firme con los países musulmanes. Ha relajado su eurofilia. Y ha cosechado los frutos de una de tantas operaciones de engaño político de tanto en tanto orquestadas por las élites políticas de los Estados de la UE, acostumbrados cada tanto tiempo a favorecer que algo cambie para que todo siga igual. El mero hecho de que la clase política holandesa haya tenido que aproximar su ideario al de Wilders para derrotarle es una victoria. No para Wilders, en quien algo debe de fallar si ha sido derrotado en una elección en la que todo lo tenía tan a favor (si bien eso no le resta el incuestionable mérito de haber sabido mantener vivas las ideas en su día enarboladas por Pim Fortuyn). Pero si para las ideas que representa, que quizá solo necesiten ser enarboladas por un líder más capacitado para terminar de abrirse camino y salvar, si todavía es posible, a Holanda del gran peligro que para ella más aún que para otros países supone el arraigo creciente del Islam dentro de sus fronteras.

Al final, Geert Wilders tampoco llegará a Primer Ministro (lo que, con todo, era extremadamente difícil, como también lo habría sido para Fortuyn, a causa del endiablado y demencial sistema electoral holandés, basado en una circunscripción única de 150 diputados distribuidos muy proporcionalmente). Ni siquiera encabezará la primera fuerza política de Holanda, derrotado en parte según parece por la movilización electoral de unos turcos y marroquíes que ni deberían contar con la nacionalidad holandesa, ni deberían tan siquiera estar establecidos en ese país como residentes, y mucho menos todavía deberían poder votar. Por consiguiente, Pim Fortuyn sigue sin ser electoralmente vengado. Ironías de la vida, los verdes -a cuyo movimiento pertenecía el asesino de Fortuyn- han obtenido el mejor resultado electoral de todos los tiempos. ¿Moraleja? Que seguramente para vengar a Pim Fortuyn sea necesaria otra clase de líder, muy diferente de Wilders, y más parecido al propio Pim Fortuyn. Que no era ni muchísimo menos perfecto, ni particularmente santo de mi devoción. Pero que siempre me ha parecido que tenía esa chispa casi divina que irradian los verdaderos líderes. Wilders, y digo esto sin ánimo de hacer leña del arbol caído, siempre me ha dado la sensación de volar más a ras de suelo, a la manera de un Cleómbroto de Esparta, con ideas en muchos sentidos acertadas, pero expresadas de una manera quizá un tanto elemental y poco inspiradora. Por contra, el difunto Pim Fortuyn me recuerda más al espíritu innovador e intrépido de otro gran heleno, acreditadamente homosexual al igual que él. Que no fue otro que el general tebano Epaminondas (vencedor precisamente de Cleómbroto en la batalla de Leuctra, que en el 371 a.C. acabara para siempre con la grandeza espartana e inaugurara la breve pero intensa primacía de Tebas sobre el resto de la Hélade).

Ojalá Pim Fortuyn sea otro Epaminondas. Porque si ese es el caso, entonces más tarde o más temprano tendrá que aparecer un discípulo aventajado, como en el caso del tebano lo fue el gran Filipo II de Macedonia. Si Pim Fortuyn fue Epaminondas, entonces Holanda tendrá su Filipo. Y tener un Filipo abre la posibilidad de acabar teniendo ni más ni menos que al mismísimo Alejandro Magno, hijo del anterior. Quiénes serán ese Filipo o ese Alejandro holandeses, o incluso si llegarán a existir, eso no lo sabemos ni yo ni nadie. Pero en un día triste como el de hoy el que os manifiesto busca ser un pensamiento alentador, de esos que impulsan a no cejar en la lucha por más que las circunstancias presentes de ese país sean desalentadoras. Seamos positivos, porque la próxima parada de este tren es Francia, y no está escrito de antemano lo que en ese país pueda suceder. Marine Le Pen se me antoja mucho más capaz que Wilders. Solo añadir una cosa más sobre Pim Fortuyn. Seguiré llorando su trágica muerte. Seguiré lamentando que su país se empecine en seguir transitando los ignominiosos derroteros políticos a los que le condenó aquel verdadero crimen de odio. Que me temo que no está beneficiando a nadie más que a Alá. Seguiré lamentando que seguramente hoy en Holanda muchos crean, lo confiesen o no, que aquel asesinato valió la pena y les sigue rentando políticamente. Y rezaré para que, a pesar de todos los pesares, el finado pueda descansar tranquilo, ajeno a los sinsabores y derrotas que en este mundo cosechan sus sucesores.

Que el Señor le perdone si es posible sus imagino que muchos pecados. Y, si también es posible, que el Señor lo bendiga y lo guarde. Que el Señor haga brillar su luz sobre él y le conceda su gracia. Que el Señor vuelva hacia él su rostro y le conceda la paz. IHS

viernes, 3 de febrero de 2017

FRANCIA, ¿HACIA UNA CUARTA COHABITACIÓN?

Panorama político cada vez más interesante en Francia. Durante años se ha dado por hecho que Marine Le Pen enfrentaría a un candidato del conservadurismo gaullista al que ella quizá derrotara en primera vuelta, pero que luego la barrería en la segunda. Ese candidato, elegido el pasado noviembre, era François Fillon, y se daba por hecho que este hombre se convertiría en el octavo Presidente de la V República Francesa. Durante cerca de dos meses triunfales, puso en duda incluso que Marine Le Pen tuviera por qué ganar la primera vuelta de las elecciones.

Ahora las tornas parecen haber cambiado completamente gracias al ya célebre "Penelopegate" (el escándalo causado por la esposa de Fillon, que parece ser que estuvo cobrando durante años cantidades importantes de dinero por ocupar un puesto de asesora parlamentaria de su marido que le reportaba ingresos extras a cambio de no hacer nada). Como consecuencia del escándalo, un Fillon cuya campaña ya había empezado a flaquear antes de que su esposa lo metiera en más líos se hunde en los sondeos. Hasta tal punto cotiza a la baja, que ya están surgiendo voces en su mismo partido (UMP) partidarias de sustituirlo por otro candidato. Y surge con fuerza como candidato al Eliseo el ex-Ministro de Economía, Emmanuel Macron, que para mi viene a ser como una versión francesa aunque igualmente odiosa de Hillary Clinton (si bien, a tenor de su sorprendente vida sentimental -en cuya descripción no voy a entretenerme-, con toques de Bill). Sin embargo, hace apenas unos días el Partido Socialista francés celebró sus primarias, en las que un "tapado" en toda regla como Benoit Hamon arrolló al aparentemente gran favorito, el catalán Manuel Valls, que hace solo unas pocas semanas era el Primer Ministro, y que ahora parece haber tirado por la borda una prometedora carrera política (dimitió de su cargo de número dos de hecho del Gobierno precisamente para poder aspirar a la candidatura presidencial socialista). Desde su elección por los socialistas, Hamon parece ir remontando en los sondeos, y no es del todo descabellado imaginarlo en la segunda vuelta. Lo que también sería una manifestación de los sorpresivos giros de la política, si se tiene en cuenta que ya hace años que se daba por descontado que el Partido Socialista no retendría la Presidencia de la República.

En resumidas cuentas, que tenemos una competición a tres (Le Pen, Fillon, Macron) que tanto podría reducirse a dos (Le Pen, Macron) como ampliarse a cuatro candidatos (Le Pen, Fillon, Macron, Hamon). El panorama es incierto de por sí, y el hecho de que la UMP pueda sustituir a Fillon por otro (¿Copé? ¿Juppé? ¿Sarkozy?) hace aún más trepidante una carrera a la que no le falta emoción. Y que puede marcar un antes y un después en la Historia de Francia. Especialmente en caso de que Marine Le Pen gane claramente la primera vuelta y el Frente Nacional se confirme como el primer partido de Francia. Los tres posibles rivales de Le Pen luchan por una Presidencia que parece extemadamente improbable que ella pueda alcanzar, a pesar de que los sondeos llevan años considerándola favorita para ganar la primera vuelta. Ella, sin embargo, va detrás de la que probablemente sea una caza más grande. Ella va a la caza de la República, y su baza es poner de manifiesto la injusticia política que representa la total marginación en base a coaliciones de perdedores (el llamado "Frente Republicano", que consiste en que todos los candidatos de partidos diferentes del Frente Nacional se alíen en su contra) del que desde hace años parece claro que se ha convertido en el primer partido de Francia. Una victoria contundente de Le Pen (a la que no parecen hacer mella sus propios supuestos trapos sucios, publicados por Wikileaks) en la primera vuelta de las presidenciales trastocaría seriamente los equilibrios políticos vigentes desde la refundación de la República por Charles De Gaulle en 1958. Pondría encima de la mesa la necesidad de alterar profundamente un sistema político basado en la marginación sistemática del Frente Nacional de toda posición de poder político práctico, sin importar de cuánta fuerza disponga en relación a los demás partidos políticos. Eso sin contar con su repercusión internacional, que en la UE sería superior a la que ha tenido incluso la ascensión de Donald Trump a la Presidencia de los EEUU.

No voy a exagerar la nota diciendo tanto como que la victoria de Le Pen en primera vuelta supondría el golpe de gracia a la UE. En realidad, la UE seguramente estaría a buen recaudo incluso en el caso de que por un casual Marine Le Pen fuera elegida Presidenta de la República. La razón es sencilla: incluso en ese caso, Le Pen no gobernaría Francia. A las elecciones presidenciales les siguen las legislativas, y es en extremo improbable que el Frente Nacional pasara de tener una presencia testimonial en la Asamblea Nacional francesa a ganar las legislativas por mayoría absoluta. Y, a no ser que dispusiera de una mayoría, Marine Le Pen no podría hacer salir adelante su política, porque es casi seguro que no gozaría del apoyo de ningún otro partido aparte del suyo propio. El Ejecutivo francés es de tipo dualista y se basa en la existencia, por un lado, de un Jefe de Estado elegido por el pueblo -el Presidente de la República- y en un Jefe de Gobierno susceptible de ser depuesto por la cámara legislativa -el Primer Ministro-, ambos provistos de considerable poder (para entender mejor en qué consiste el dualismo y cómo funciona en Francia, se recomenda acudir a otra entrada de este mismo blog: http://lascronicassertorianas.blogspot.com.es/2013/04/monismo-y-dualismo-ejecutivos-mencion.html). Lo más probable es que una Presidenta Le Pen tuviera que nombrar a un Primer Ministro de otro partido, da igual de cual, so pena de bloquear políticamente Francia y sumirla en una ingobernabilidad que fácilmente podría degenerar en anarquía, y que posiblemente sus propios votantes no le perdonarían.

Así pues, el Primer Ministro que nombrara Le Pen sería el gobernante efectivo de Francia, al margen de que la Presidenta Le Pen dispusiera de ciertos poderes nada desdeñables con los que influir sobre la política nacional e internacional de Francia (principalmente, el de disolver la Asamblea Nacional a voluntad). Difícilmente Francia abandonaría la UE, por mucho que Le Pen hiciera propaganda contra la organización desde la Presidencia. Lo único efectivo que podría hacer contra la UE sería convocar un referéndum para abandonarla y confiar en que la Asamblea Nacional se doblegara si el resultado fuera favorable al "Frexit". Con todo, la victoria de Le Pen en primera vuelta y la consagración del Frente Nacional como primera fuerza política de Francia fortalecerían el euroescepticismo en prácticamente todo el continente, y generaría el riesgo de que incluso los grandes partidos comenzaran a adoptar una retórica cada vez más euroescéptica, como ha sucedido con el Partido Conservador británico a raíz del "Brexit". Sin contar con que sumiría a Francia en un marasmo político interno tal que la obligaría a mirarse el ombligo y a desentenderse de la suerte de una UE que hace aguas por todas partes.

No obstante, el riesgo de cohabitación ha crecido, y ya no está vinculado a una hipotética e improbabilísima elección de Le Pen. Actualmente, la volatilidad de los apoyos de los candidatos a la Presidencia es tal, que sería concebible que cualquiera de ellos pasara a la segunda vuelta, derrotara a Le Pen, se convirtiera en Presidente, y a los meses tuviera que nombrar a un Primer Ministro de otro partido. Cualquiera que fuera el resultado de las elecciones presidenciales, es más incierto que nunca en toda la Historia de la V República que sirvan para elegir al próximo gobernante de Francia, posiblemente encaminada a una cuarta cohabitación (que sucedería a las tres que se han dado hasta la fecha1: el socialista Miterrand y el gaullista Chirac, el socialista Miterrand y el gaullista Balladour, el gaullista Chirac y el socialista Jospin). A todo esto, surge inevitablemente la siguiente pregunta: ¿quién se convertirá este año en el nuevo Primer Ministro? ¿Podría ser que figuras principales de la política francesa cuyas aspiraciones políticas quedaron aparentemente cercenadas, incluso definitivamente, a raíz de derrotas en las primarias presidenciales vuelvan a primerísima fila de la actualidad convirtiéndose en jefes del Gobierno, ya que no del Estado? La verdad es que no dejaría de ser irónico que los Sarkozy, Juppé o Valls a los que ahora se descarta por sus derrotas en las primarias presidenciales acabasen saliéndose con la suya por la vía tan poco ortodoxa de ser nombrados Primer Ministro. Si esto sucediera, se demostraría algo que yo siempre he pensado: que el reformador constitucional francés de 2000 era sencillamente idiota. Y que, queriendo evitar los problemas de gobernabilidad que necesariamente suscita una cohabitación, ideó un mecanismo que no solo no los impide sino que incluso es susceptible de agravarlos, al facilitar que el Presidente quede prácticamente desprovisto del grueso del poder político durante todo su mandato de cinco años. A pesar de lo cual debo ser justo, así que desde ya afirmo lo siguiente: que, como español, cambiaba el sistema político de mi país por el francés con los ojos cerrados. IHS

1Se indica primero al Presidente de la República y posteriormente al Primer Ministro.

2En el momento en que añado esta nota, el candidato centrista François Bayrou (MoDem) ha abandonado la pugna por la Presidencia a la vista de la imposibilidad de que obtenga los resultados alcanzados en 2007 (año en que quedó tercero y hasta pareció en disposición de poder pelear la segunda vuelta y de ganar sobradamente en caso de alcanzarla). Ha apoyado públicamente a Macron, que de este modo ha experimentado un importante alza en los sondeos, consolidándose como favorito a la Presidencia y con posibilidades incluso de ganar la primera vuelta a Marine Le Pen. Con todo, el artículo sigue plenamente en vigor. Ni Macron ni menos aún Le Pen parecen en disposición de ganar las legislativas. La cohabitación y la consiguiente crisis política de la V República parecen más probables.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

ELECCIONES EEUU 2016 (I)

Atendiendo al requerimiento de un buen amigo de México (un estimado "panista" que espero sinceramente que progrese en la política de ese país, para el que es posible que se avecinen tiempos duros), daré una opinión acerca de los que creo que son los hechos más destacables del mapa político que han arrojado las recientes elecciones presidenciales y legislativas celebradas ayer en los EEUU. Que han exaltado a Donald Trump a la condición de cuadragésimo quinto Presidente de ese país. No entraré a valorar las consecuencias políticas más profundas de lo sucedido el pasado 8 de noviembre, sino que procuraré enfocarme prioritariamente en las perspectivas de futuro que las elecciones abren precisamente en el plano de lo electoral. Es decir, procuraré tratar acerca de las perspectivas que para ambos partidos se abren en cuanto a la preservación de su hegemonía política a medio o largo plazo, y no tanto en otras cuestiones de extremo interés (como pueda serlo el tipo de política que despliegue a partir del 20 de enero el Presidente Trump, la situación en que quedan Obama y los Clinton después de tan estrepitosa derrota, o la forma en que el resultado de las elecciones y la exaltación de Trump puede afectar a causas tales como la defensa de la vida o la oposición a la ingeniería social de signo apóstata que opera sobre el conjunto de las naciones de Occidente). Cuestiones que, si tengo tiempo, quedan para una entrada posterior.

¿Sorprendido por la victoria? Hace dos semanas, apenas si la habría creído posible. Hace una, me habría sorprendido bastante. El día de las elecciones, me sorprendió algo menos, ya que a raíz de mis propias indagaciones detectaba que la demoscopia, por más que en los medios españoles se afirmase que la contienda seguía decantándose del lado de Clinton, abría opciones a Trump en cada vez más Estados indecisos. Con todo, el resultado final me ha sorprendido bastante. No el hecho de la victoria en sí, sino dos cosas: que Trump se haya alzado con la victoria con un margen tan amplio sobre Bloody Hillary, y que lo haya conseguido pese a perder el voto popular. Yo pensaba que lo más probable era que si Trump ganaba, eso sucediera por un estrecho margen, y consideraba que lo más probable en ese caso era que ganara el voto popular, incluso con cierta amplitud. Era Hillary quien yo estaba convencido de que resultaba probable incluso que consiguiera la victoria perdiendo el voto popular. Ha sucedido exactamente al revés.

La victoria electoral del magnate neoyorquino no ha puesto en cuestión la existencia del Blue Wall (el "Muro Azul" compuesto por los Estados considerados sólidamente demócratas). Pero si que ha obligado a revisar la idea que teníamos del mismo, que al parecer abarca menos Estados y acumula bastantes menos Electores presidenciales de los que se creía. Diecinueve Estados que, en 2016, acumulaban todos juntos un total de 242 Electores de los 538 que eligen al Presidente de EEUU habían votado ininterrupidamente por los demócratas desde 1992 (y algunos de ellos desde 1988 e incluso desde 1976). A causa de la existencia de este “Muro Azul”, se llevaba años considerando que los demócratas partían de una posición especialmente sólida para acometer la conquista de la mayoría absoluta del Colegio Electoral necesaria para asegurarse la Presidencia. Precisamente en los últimos años se había llegado incluso al punto de especularse acerca de si los demócratas, teóricos beneficiarios del decrecimiento de la población blanca y del correlativo aumento de las minorías (y muy especialmente del de la minoría hispana), no estarían ya en vías de ampliar todavía más ese “Muro Azul” con varios Estados ganados por márgenes sólidos por Obama. Se especulaba incluso con si ya habrían conseguido decantar de tal modo a su favor esos Estados como para tener garantizada la mayoría absoluta de Electores necesaria para conquistar la Casa Blanca, al margen de lo que pasase en el resto del país. Alcanzando así una hegemonía política perdurable en esos Estados que les garantizase la Casa Blanca durante décadas, y dejando fuera de juego al Partido Republicano por al menos una generación.

Todas esas son ideas que deberán revisarse. No tanto porque Trump haya ganado como por la forma en que lo ha hecho. Esto se hace especialmente patente a la vista de la ventaja obtenida por Bloody Hillary Clinton en voto popular. Si incluso perdiendo el voto popular la candidatura de Donald Trump ha sido capaz de imponerse en la mayoría de los Estados oscilantes (incluyendo Estados que votaban demócrata ininterrumpidamente desde 1992 como Michigan y Pennsylvania, e incluso desde 1988 como Wisconsin), cabe preguntarse hasta donde podría haber llegado un candidato republicano que hubiera tenido incluso más tirón que Trump, suponiendo que tal candidato exista. La victoria de Trump relativiza algunos supuestos que venían manejándose mucho tiempo y que la era Obama parecía haber consolidado definitivamente. Ahora bien, tampoco los echa necesariamente por tierra de manera completa. Trump ha conseguido que Estados que durante el último cuarto de siglo han sido leales a los demócratas voten por él. Pero es que él mismo no ha sido lo que se dice un candidato republicano al uso.

¿Un candidato republicano más convencional habría conseguido lo que Trump? En su momento se dijo que gente como Jeb Bush, Chris Christie, John Kasich e incluso Marco Rubio habrían obtenido resultados mucho mejores que los que podría haber obtenido Trump. Yo no lo creo así. Yo creo que la candidatura de Trump ha sido una candidatura que ha bebido de caladeros electorales más amplios que los que llevaron a Bush a la victoria en 2000 y 2004 o que aquellos a los que creían poder apelar candidatos como McCain o Romney en 2008 y 2012. Y creo que es por eso que, si bien Bush obtuvo una votación popular mucho mayor que la de Trump (dado que recibió un apoyo más entusiasta que el magnate en los Estados tradicionalmente rojos), éste ha mejorado sensiblemente sus actuaciones electorales, ganando por la mínima Estados que le han permitido obtener una victoria sensiblemente más holgada que cualquiera de las cosechadas por aquel en el Colegio Electoral. Quizá otros republicanos no hubieran podido ganar, pero creo que lo habrían hecho por un margen mucho más estrecho. Y eso obliga a plantearse otro interrogante: en caso de que en el futuro existieran candidatos republicanos que pudieran aspirar seriamente a ganar esos Estados, ¿serán candidatos republicanos convencionales o candidatos parecidos a Trump? ¿Se abrirá camino definitivamente dentro del Partido Republicano una corriente “trumpista”, o por el contrario el Presidente Trump carecerá de continuadores? Difícil saberlo.

A favor de esa posibilidad juega el éxito presente. En contra la demografía. La victoria de Trump es alentadora, porque indica que los republicanos no han quedado fuera de juego, pero a su vez plantea el interrogante de si el Partido Republicano podrá reeditarla en el futuro. La demografía del país cambia, y “El Donald” parece haberse convertido en Presidente merced a una estrategia electoral posiblemente inimitable para otros republicanos. Peor aún, los futuros candidatos republicanos no pueden dar por hechas futuras victorias, ni siquiera en el caso de que supieran imitar a Trump. Este hecho por sí solo obliga a que los republicanos reflexionen profundamente antes de echarse completamente en brazos del “trumpismo”. Deben indigar cuáles de los planteamientos que le han hecho ganar las elecciones son desechables y cuáles, por el contrario, pueden ser susceptibles de un uso continuado. Asimismo, tienen también que tener en cuenta que la irrupción del “trumpismo”, si éste llega a consolidarse como una corriente interna dentro del Partido Republicano, podría fracturarlo aún más de lo que ya lo está. Es verdad que el pensamiento de Trump no se antoja a priori sistemático, porque el propio Trump parece ser de todo menos dogmático y amigo de fijar posiciones irrevocables. Empero, el mero hecho de que haya sido elegido candidato y haya ganado la Presidencia desde determinados planteamientos muy diferentes en cuestiones capitales de los exhibidos por las demás facciones republicanas (clásicos, conservadores, reaganianos, teapartiers...) obliga a prever la posibilidad de que, incluso sin necesidad de que el magnate se implique personalmente en esa tarea ni de que al final su Gobierno sea leal a esos postulados, tal línea de pensamiento gane protagonismo en días venideros dentro del Partido Republicano.

Además de reflexionar acerca de las perspectivas republicanas de obtener futuras victorias, es conveniente que los republicanos no pierdan de vista el hecho de que, en esta misma elección, es Bloody Hillary y no Donald Trump quien ha ganado de manera clara el voto popular. Esto no quita ninguna legitimidad a la gran victoria de Trump en el Colegio Electoral, pero significa que, de las siete últimas elecciones presidenciales celebradas, ésta es la sexta en la que los demócratas sacan más votos que los republicanos a nivel federal (por más que solo en cuatro de esos mismos siete comicios hayan alcanzado la Casa Blanca). Ha vuelto a suceder lo que en 1824, 1876, 1888 y 2000. Cierto que esto es menos relevante en todos los sentidos de lo que los detractores de Trump intentan hacer creer, y no demuestra de manera incontrovertible que goce de menos apoyos que la señora Clinton (eso solo sería el caso si la participación hubiera sido extremadamente alta -como no lo es desde hace un siglo en los comicios presidenciales estadounidenses-). Al fin y al cabo, el sistema electoral aplicado a una determinada convocatoria influye sobre la manera en que vota la gente, y más cuando ésta en general está bien familiarizada con sus efectos. Cosa que, en el marco de un sistema como el estadounidense (que pivota tan acentuadamente sobre los Estados colectivamente considerados), desincentiva la participación electoral de muchos ciudadanos residentes en Estados decididamente teñidos de color rojo republicano o azul demócrata, que saben de antemano que en su respectivo Estado es inútil votar por “su” candidato y en consecuencia se abstienen. Si las elecciones presidenciales fueran directas, es imposible saber qué partido aumentaría más sus votos en feudos enemigos. Igual nos llevaríamos una sorpresa y Trump ganaría contundentemente.

Ahora bien, eso no quita que la derrota en voto popular es una circunstancia que puede tener consecuencias políticas de primer orden. Quiérase que no, todo lo que se acaba de alegar para justificar la relativa irrelevancia de la derrota en Trump en términos de voto popular es cosa que, por más sentido que tenga, puede ser tomado por muchos estadounidenses de a pie por mera palabrería. En ese sentido, poner en cuestión la legitimidad no tanto del triunfo de Donald Trump, sino, en un sentido más amplio, del sistema que lo ha hecho posible, es fácil simplemente apuntando al dato anterior y objetivamente cierto de que de las últimas tres Presidencias republicanas, dos han sido obtenidas pese a que fue el candidato demócrata el que obtuvo un número sensiblemente mayor de votos. Lo que puede tener una poderosa influencia a la hora de impulsar precisamente la que yo creo que es la menos conocida pero a la vez la más trascendente de las iniciativas políticas que en estos momentos se están tramitando con vistas a su futura implementación en los EEUU: el “National Popular Vote Interstate Compact” (NPVIC) o “Acuerdo Interestatal por el Voto Popular Nacional”1.

En definitiva, que tanto a los republicanos como al país esta victoria puede traerles no pocos quebraderos de cabeza (si bien todo esto no ha de hacer olvidar que contarán con la ventaja de encararlos al menos durante los dos próximos años desde una posición de hegemonía política incontestable). Que el riesgo de transformación del sistema electoral estadounidense existe, y que los republicanos, aunque no deban desesperar a causa de una inferioridad de apoyos populares que podría obedecer a causas diversas, tampoco pueden obviarla y actuar tranquilamente en el supuesto de que su posición de fuerza fuera incontestable, porque no lo es en absoluto. Sigue, pues, pendiente la renovación del Partido Republicano, que pasa por establecer un modus vivendi razonable de cara al futuro entre sus facciones (en virtud del cual se eviten enfrentamientos que, si se descontrolan, podrían acarrear incluso la escisión del Viejo Gran Partido), así como por la consiguiente ampliación de su base electoral.

El éxito de Donald no quita que, curiosamente, donde sus resultados han sido más decepcionantes ha sido en el Oeste del país (lo que no quita que tampoco han sido malos, puesto que no ha perdido ninguno de los Estados tradicionalmente fieles a los republicanos). Precisamente aquellos Estados con una presencia hispana más fuerte de los EEUU que antaño pertenecieron a México. En Nevada, donde los sondeos le dieron opciones de ganar incluso durante los peores momentos de su campaña, ha perdido por un margen corto pero inequívoco frente a una candidata débil como ha demostrado serlo Bloody Hillary (y además los republicanos han perdido las dos cámaras de la legislatura estatal, lo que tiene consecuencias políticas de no poca trascendencia, por las razones que más adelante se indicarán). En California, donde la participación se ha hundido, Trump ha retrocedido en comparación con Romney. En Arizona, si bien ha ganado, ha retrocedido. Y lo mismo en Texas. En definitiva, que si los republicanos piensan en el futuro deberán tener en cuenta estos avisos, y procurar que el partido gane aceptación entre otros grupos raciales, además de los blancos. No les queda otra. Con “trumpismo” o sin “trumpismo”, los republicanos necesitan desesperadamente adaptarse al futuro que le aguarda a los EEUU, y combatir con todas sus fuerzas su imagen de partido de los blancos. Solo así conseguirá derrotar la percepción inversa del Partido Demócrata como el amigo de las minorías.

Empero, conviene señalar que también los demócratas tienen serios interrogantes que hacerse. Conformarse con la promesa de futuro que para ellos supone el crecimiento de las minorías no es suficiente. Es un hecho que muchas cosas han fallado a lo largo de este último ciclo electoral. Y, en realidad, muchas cosas llevan fallando desde hace no pocos años para los demócratas. Obama recuperó para ellos la Presidencia en 2008 y la revalidó en 2012, pero la verdad es que solo durante dos de los últimos veintidós años transcurridos desde la elección al Congreso de 1994 han dispuesto del control total del Gobierno (por ocho años durante los cuales los republicanos han dispuesto de ese control, a los que podrían sumarse como mínimo los dos primeros años del mandato de Donald Trump, en el supuesto de que éste y su partido colaboren). Los demócratas han prevalecido en la mayoría de las últimas elecciones presidenciales, pero han flaqueado en el Congreso (y muy especialmente en la Cámara de Representantes). Hecho que en gran medida se debe a la desmovilización del electorado, que también le ha pasado factura a Bloody Hillary en estas presidenciales. Ha quedado demostrado de manera clara en estas presidenciales que tasas bajas de participación (generalmente debidas más a la desmovilización de las minorías que a la de la mayoría blanca) facilitan a los republicanos luchar para mantener su dominación sobre el Congreso e incluso sobre la Presidencia. Y la falta de movilización es más seria de lo que parece, porque dejar de movilizar al electorado que se supone propio es señal de apatía por parte de ese mismo electorado y bien puede significar que dicho segmento de votantes está maduro como para empezar a pensar en traspasar sus lealtades a otras formaciones políticas. Si los republicanos encararan con energía la tarea de reconciliarse con las minorías, es bastante probable que encontraran el terreno abonado por encima incluso de sus más elevadas expectativas.

Todo lo antedicho es especialmente si los demócratas reinciden en su identificación con el denominado establishment y presentan de vuelta candidaturas similares a la de Bloody Hillary. Que está claro que ha sido uno de los factores determinantes de la derrota demócrata, seguramente incluso más de lo que la figura de Donald Trump haya podido influir en la victoria republicana. En ese sentido, y teniendo en cuenta que hemos estado ante una elección que, en los Estados decisivos, se ha revelado hasta cierto punto ajustada, cabría preguntarse si otro candidato demócrata habría tener más suerte. Inmediata e inevitablemente, ha comenzado a planear sobre el escenario un concreto nombre: Bernie Sanders, el oponente de Bloody Hillary durante las primarias. Quien, contra todo pronóstico, le dio a la finalmente nominada dura batalla hasta prácticamente el final de la contienda interna demócrata. Hay quienes afirman que Sanders habría batido a Donald Trump, y yo también creo que habría podido (aunque no con la holgura que algunos afirman). A su favor, habría tenido una reputación de integridad y honradez de la que tanto la señora Clinton como Trump carecen. Asimismo, a Trump le habría costado conseguir que frente a Sanders calara ese discurso de enfrentamiento entre el pueblo y las élites que tan buenos dividendos le ha rendido frente a Bloody Hillary; e incluso habría podido ser el propio magnate el blanco fácil del discurso de Sanders (¿qué más fácil para quien apela al socialismo que atacar a un multimillonario?). Y, todavía más importante, muchos de los partidarios de Sanders que no apoyaron a Bloody Hillary o que incluso apoyaron a Trump el pasado 8 de noviembre (especialmente en Estados que han resultado ser decisivos para el republicano tales como Wisconsin o Michigan, donde fue Sanders quien ganó la primaria demócrata) es prácticamente seguro que habrían votado antes por Sanders antes que quedarse en casa o que optar por Donald Trump.

Pese a lo cual tampoco hay que creer erróneamente que todo el monte es orégano. Sanders habría tenido en contra su propia condición de socialista en el país más alérgico que existe a las ideas socialdemócratas (no digo ya a las verdaderamente marxistas), condenadas enérgicamente por una parte muy significativa de la sociedad. E igualmente habría sido fácil de atacar por el lado religioso (es de orígenes judíos y más bien agnóstico en un país en el que hasta Obama y Hillary han tenido que simular con toda falsedad una religiosidad cristiana hipócrita so pena de no haber podido progresar en su vida política). Todo eso sin contar que también él habría tenido que contender con la dialéctica de Trump, y con el relato del magnate consistente en presentarse a sí mismo como perfecto ejemplo de hombre de éxito, gran negociador y empresario experimentado y contrastar sus cualidades presuntas con la mera “politiquería de salón” de su rival, al que sin duda habría tachado de hombre “sin energía”. Sea como fuere, habría tenido más opciones que Bloody Hillary. Y los demócratas harían bien en tomar nota de esto. Si algo bueno les ha sucedido en estas elecciones es deshacerse de la dinastía Clinton. Más les vale aprender la lección y evitar querer ahora (como algunos plantean y ya no veo imposible vistas las derivas dinásticas de la política yanki) sustituirla dentro de cuatro años por la dinastía Obama.

Prosiguiendo con mi análisis de la jornada electoral estadounidense, toca ahora tratar de la contienda en el Congreso y a nivel estatal. En el Congreso, como ya sabemos, los republicanos han retenido sobradamente sus mayorías legislativas. Apenas han descendido en la Cámara de Representantes, y han conservado el Senado (hecho éste último que debería facilitar que Donald Trump proponga los Jueces que apetezca para cubrir las vacantes en la Corte Suprema federal de Justicia durante al menos los dos próximos años. Eso abre la puerta a que Trump consolide una mayoría constitucionalista dentro de la Corte Suprema dispuesta a restaurar la soberanía de los Estados en materias tales como el aborto o el sucedáneo de matrimonio para personas del mismo sexo (SMPMS) que una jurisprudencia prevaricadora ha conculcado durante décadas por medio de razonamientos en extremo enrevesados que han convertido en papel mojado la Décima Enmienda a la Constitución de EEUU. A nivel estatal, los republicanos han ganado algunas gobernaciones (Nueva Hampshire, Vermont y Missouri, aunque han perdido Carolina del Norte). Pero, sobre todo, han ganado el control total de tres legislaturas estatales: Kentucky, Iowa y Minnesota (en el primer Estado han conquistado la Cámara de Representantes, y en los otros dos el Senado). Teniendo en cuenta que, hasta ese momento, los republicanos controlaban completamente un total de 31 Legislaturas Estatales, ahora serían 34 (es decir, los dos tercios justos de las que existen en EEUU). Sin embargo, no es el caso, ya que los demócratas han conquistado las dos cámaras legislativas de Nevada... El mismo Estado en el que Trump obtuvo una votación inferior a la esperada. A lo que se suma una rebelión dentro de las filas republicanas en virtud de la cual los demócratas controlarán la Cámara de Representantes de Alaska. Así pues, los republicanos dominarán completamente solo 32 Legislaturas Estatales.

Lo que es una gran cosa, pero también una pena, porque a causa de esas dos derrotas menores antes mencionadas los republicanos se han quedado cortos. ¿Cortos para qué? Pues cortos para poder amagar con la que sin duda es la más terrorífica arma política que existe en los EEUU: el “otro” procedimiento de reforma de la Constitución estadounidense previsto en el Artículo V. Aquel en virtud del cual el Congreso tiene que convocar obligatoriamente una Convención Constitucional (cuyas funciones serían similares a las de la Convención Constitucional celebrada en Filadelfia en 1787) si así lo solicitan las Legislaturas Estatales de dos tercios de los Estados. Convención que propondría enmiendas a la Constitución sin límites de ninguna clase que luego habrían de ratificar tres cuartas partes de los Estados, bien por medio de sus Legislaturas o bien por medio de Convenciones Estatales ad hoc -según sea el método de aprobación que proponga el Congreso, que es a quien correspondería aclarar ese particular por un margen no especificado-. Habrá quien considere que no poder accionar este procedimiento no es tan mal asunto, ya que los republicanos podrían perfectamente hacerse con el control de esas dos Legislaturas Estatales extra que necesitan en un futuro próximo. Pero en contra de esa posibilidad juega el mismo hecho de que ahora Trump sea Presidente. Pues sobre un partido en el Gobierno suele pesar más la frustración de la gente, de manera que el margen para cosechar ganancias políticas de primer orden suele ser más ajustado que cuando se está en la oposición, y los riesgos de pérdidas mayores.

Volviendo al procedimiento de reforma por iniciativa de las Legislaturas Estatales, dicho enrevesado procedimiento no se ha aplicado jamás para reformar la Constitución por su total impredecibilidad. Que no nace principalmente, creo yo, del hecho de que se convoque una Convención Constitucional (no hay diferencia entre las enmiendas que podría aprobar ésta y las que podría proponer el Congreso por mayoría de dos tercios de las dos cámaras para su ratificación por los Estados; y en ambos casos sería posible que una enmienda constitucional alterase cualquier aspecto relacionado con la actual Constitución, con la sola excepción de la igualdad del voto de los Estados en el Senado -aspecto de la Constitución de EEUU que solo podría reformarse en relación a aquellos Estados que aceptasen perder ese privilegio-). Sino más bien de la imprevisión de la Constitución, pues ni ella ni ninguna ley federal regulan la composición ni el funcionamiento de esa hipotética Convención Constitucional. Permaneciendo en el aire cuestiones de tanta importancia como el número mínimo de Estados que deberían enviar delegados a la Convención a fin de que ésta quedara debidamente constituida, la forma de designar dichos delegados, o las mayorías de delegados (y/o de delegaciones estatales) que habría de concurrir a fin de considerar aprobadas las enmiendas para su remisión a las Legislaturas o Convenciones Estatales.

Todo lo cual permite entrever que estamos hablando de un arma política que parece más apropiada para la exhibición que para el uso, pero que, sinceramente, y dada la situación que, en general, atraviesan los EEUU en estos momentos de su Historia, yo no dejaría de plantearme si utilizar o no. No porque el éxito esté garantizado ni mucho menos (dos tercios no son tres cuartos, y son las tres cuartas partes de los Estados los que tendrían que concurrir para aprobar enmiendas constitucionales; y todo eso sin contar con que tampoco puede darse por hecha la cohesión republicana -pues en los Estados de tradición liberal suelen estar bastante influidos por el ambiente político y social predominante). Pero si porque obligaría a entablar debates sobre cuestiones de gran trascendencia para el presente de la Nación, y a hacerlo al más alto nivel. Y de un modo tal como para precipitar una solución favorable o como para, en caso de no obtenerla, mantener las cuestiones no resueltas en el centro del debate político a la espera de tiempos mejores que la victoria de Trump demuestra que pueden llegar.

Así pues, mi balance definitivo de lo que han representado éstas elecciones es el siguiente: un incontestable y meritorio éxito de Donald Trump y, en menor medida, del Partido Republicano; a la vez que un grave e incontestable fracaso para unos demócratas a los que sin embargo sería irresponsable considerar en fuera de juego, ni siquiera por una breve temporada. La elección presidencial de 2016 constituye un signo de esperanza, a la vez que una fuente de problemas y quebraderos de cabeza en potencia para el partido de Abraham Lincoln. Al que, curiosamente, Trump le abre unas oportunidades que, sin embargo, no es inconcebible que pasen en algunos aspectos por una relativa oposición al Presidente tendente a matizar algunas de sus posturas más divisivas y controvertidas. En realidad, será a partir de 2018 cuando podamos comenzar a hacernos una idea más clara acerca de cuál cabe esperar que sea el recorrido de los EEUU durante los próximos años y si de verdad esta victoria abre un ciclo político duradero en el gigante yanki. Si dentro de dos años, por cualquier razón, se produjera un claro retroceso republicano en el Congreso y en los Gobiernos y Legislaturas Estatales, entonces lo más probable es que estemos ante un interludio que difícilmente impedirá que el peso de la demografía acabe haciendo girar el péndulo a favor de los demócratas. Si, por el contrario, los republicanos dentro de dos años mantuvieran o incluso ampliaran sus parcelas de poder, entonces las posibilidades de que éstos ganaran una posición prolongada de predominio y hegemonía política cobrarían una virtualidad nada desdeñable. Por otra parte, y partiendo de la base de que de momento el “trumpismo” apenas si está presente en el Congreso, serán también las elecciones de 2018 las que permitirán salir de dudas acerca de si dentro del Partido Republicano puede articularse un ala poderosa clara e incuestionablemente afín a los planteamientos de Trump (cuyo surgimiento podría facilitarle mucho la vida al Presidente durante sus dos últimos años de mandato), o si en verdad El Donald no va a ser el origen de nuevas tendencias políticas en el seno de la democracia estadounidense, sino solo un personaje singular condenado a entenderse con las corrientes republicanas ya existentes. Y con esto termino.

1El NPVIC es un acuerdo en virtud del cual los Estados firmantes, una vez alcanzaran la mayoría absoluta de los Electores, los entregarían al ganador en votos a lo largo de la totalidad de los EEUU, incluso en el caso de que perdiera en los Estados firmantes. Es decir, que estaríamos ante un acuerdo que convertiría, de facto, la elección presidencial estadounidense en una elección directa. Cosa que muchos creemos que resulta del todo inconveniente, porque relativizaría la naturaleza federal de los EEUU. No es que yo considere que el Colegio Electoral como institución funciona adecuadamente (en realidad, yo ni siquiera soy partidario de mantenerlo, porque lo considero un arcaísmo de todo punto de vista innecesario), y me parece muy bien, en ese sentido, reformar el sistema de elección presidencial a fin de hacerlo uniforme para todo el país (evitando regulaciones dispares de elementos esenciales del mismo por los Estados), proveyendo de peso al voto popular, de modo que tanto la expresión de las preferencias individuales del votante estadounidense como la expresión de la voluntad política colectiva de los Estados tenga una influencia perceptible en la elección del Presidente. Ahora bien, eso no quita que, si tal cosa no fuera posible, considero más importante dar voz a las preferencias políticas de los Estados colectivamente considerados, y no a las del ciudadano estadounidense individual. De manera que, entre mantener el Colegio Electoral tal como hoy existe y la elección presidencial directa, considero preferible preservar aquel.

sábado, 1 de octubre de 2016

¿"WELCOME REFUGEES"? SOBRE LA INMIGRACIÓN Y LA NEUTRALIDAD DE LA MONARQUÍA

Cosas como el último discurso del Rey ante la Asamblea General de la ONU (http://www.elmundo.es/internacional/2016/09/19/57e018e8e5fdeac5588b4633.htmlme convencen cada vez más de la necesidad de convertir España en una República, aunque evitando consagrar como nueva bandera del país al horrible trampantojo tricolor en nombre del cual fueron martirizados durante la Guerra Civil tantos de mis correligionarios en la fe del Señor (trampantojo al que, desgraciadamente, adhieren de corazón la mayoría de aquellos entre nuestros compatriotas que son republicanos convencidos al igual que lo soy yo). Seré claro: estas declaraciones del Rey Felipe se salen con mucho de la neutralidad que, en teoría, debería guardar el Jefe de Estado en relación a las cuestiones de actualidad política. ¿O es que ahora todos en España somos partidarios del Welcome Refugees? Estoy convencido de que somos muchos los españoles que, si alguna vez nuestras autoridades se tomaran la molestia de consultarnos al respecto, votaríamos a favor de una política migratoria ultrarrestrictiva y de blindaje fronterizo (al menos en relación a Marruecos y a Gibraltar). ¿Es neutral el Rey al asumir como propio un mensaje que muchos españoles respetuosos de la ley y de los procedimientos democráticos desaprobamos? Está claro que no.

De momento, en España no existe, por desgracia para nuestro país, un partido político importante del estilo del UKIP inglés, el Frente Nacional francés, el FIDESZ húngaro, el PiS polaco, la AfD alemana o el FPÖ austríaco. Pero, ¿y si tal partido surgiera súbitamente? Si tal fuera el caso, lo menos que cabe esperar del Rey, a quien absolutamente nadie ha elegido para nada, es que no sea lo que aquí en el Sur de España llamamos un “bocachancla”, y que se abstenga de tomar partido. Una cosa es que el Rey tome partido por los demócratas vascos contra la ETA o por los constitucionalistas catalanes frente a los separatistas (en esos casos, el Rey no solo puede, sino que debe tomar partido, porque se trata de casos en los que determinados actores políticos o criminales -aunque en España ultimamente las dos cosas parecen ir cada vez más unidas- adoptan pronunciamientos que ponen en jaque el Estado de Derecho); y otra muy distinta que hable a favor de la acogida de inmigrantes. Como si oponerse a tal acogida fuera algo incompatible con el cumplimiento de nuestra actual Constitución. Dentro de lo que son las fuerzas políticas respetuosas del orden constitucional (y partidos parecidos a las formaciones políticas europeas anteriormente mencionadas lo serían escrupulosamente, como lo son en los países en los que operan), no es lícito que el Rey, al margen de lo que piense sobre los temas que se debatan, se posicione a favor de unos y en contra de los otros. Eso implica violar de modo flagrante su obligación de neutralidad.

Cosa que es más seria de lo que pueda parecer a primera vista. Y es que a mi el hecho de que un Presidente elegido por el pueblo en su conjunto y que de entrada sabemos que se adhiere a determinada orientación política emita opiniones sobre los asuntos de interés público acordes a esa misma orientación política que el pueblo conoce me parece lo más normal del mundo, y no se me ocurriría censurarlo (podría atacar las opiniones emitidas, pero no el derecho a emitirlas). Las urnas habrían legitimado a tal hombre para hacer una cosa así. Razón por la cual se le perdonarían las afirmaciones divisivas porque no cabría duda de que gozaría del aval expresado en su favor por el pueblo tras la celebración de los comicios que eligieran a tal Jefe de Estado. Pero a un monarca cuyo único mérito es el de ser el fruto de la unión del espermatozoide regio indicado con el óvulo regio igualmente indicado cuesta más aceptarle que se entrometa en la política democrática, siendo como es ajeno al proceso democrático. Si va a emitir opiniones que me van a sentar como una patada en el hígado (que es lo que ha hecho a propósito de los refugiados musulmanes venidos a nuestra tierra); entonces no veo el problema con que lo sustituyan Mariano Rajoy, Pedro SNCHZ o Pablo Iglesias. Puestos a rebuznar, ellos lo harían avalados directa o indirectamente por el pueblo y, seguramente, Rajoy o Iglesias lo harían mucho mejor y con mucho más estilo que Felipe de Borbón. Que, como orador, no es especialmente brillante, como tampoco su padre el enemigo jurado de Dumbo antes que él. IHS